La pesadilla de la casa propia

Es difícil cumplir con “el sueño de la casa propia”. Sobre todo en estos tiempos. La inflación, la alta demanda, el terrorismo del futuro iva, la degeneración del modelo de consumo impuesto en esta sociedad y varios factores más, hacen que sea realmente difícil encontrar el lugar ideal para vivir.

Eso que estoy omitiendo el hecho de que los departamentos nuevos son prácticamente unas pajareras con espacios ridículamente limitados, donde te obligan a vivir con lo mínimo (contradicción asquerosa de esta sociedad consumista), aunque entendible, si al final a las constructoras les interesa vender volumen y por eso son tan mezquinos a la hora de repartir los metros cuadrados. “Mejor más departamentos. a la mierda la felicidad y comodidad de los estúpidos que compren esta basura, total. Ya pagaron”. Eso piensan. No tengo dudas.

Esos pensamientos me han jodido la cabeza en los últimos días. Dan tantas vueltas que se me metieron en el subconsciente. Ese que te hace soñar. Quizás por eso tuve un sueño entretenidamente macabro. Elegía un departamento ubicado a dos kilómetros de la playa, pero sobre el mar, en una isla, a la que se accedía sólo por un camino que estaba cubierto por el agua del mar en unos 10 centímetros aproximadamente.

“¿Y si hay un tsunami? ¿Qué va a pasar con la guagua?”, me dijo mi mujer. Mujer que no existe, pero por alguna razón estaba en mi sueño, junto a una guagua que parecía muñeca. “No va a pasar nada, si fuera peligroso no lo habrían construido”, le respondí con ridícula inocencia.

Para llegar subimos a una especie de transbordador, en el que empezaron los problemas. Para empezar no me amarraron el jeep (no sé qué mierda hacía yo con un jeep), por lo que encaro al capitán. El tipo no me pesca y al moverse la embarcación el auto se hizo bolsa. Extrañamente la nave era una rueda y avanzaba girando. La gente estaba amarrada. Como el hijo de puta del capitán me agarró mala, no me avisó. Me fui colgando mientras lo tapaba a puteadas.

Algo le molestó, porque se paró, le quitó de las manos mi guagua a mi señora y la lanzó lejos. HIJO DE PUTA. Me tiré encima del bastardo. Lo boté. Le tomé la cabeza y la reventé contra el suelo. Mis manos estaban llenas de sangre, mi cara tenía una leve sonrisa. La gente me detuvo. Llegaron los pacos. Me llevaron preso. “Metiste las patas huevón, no se mata a la gente por muy enojado que estés”, me dijo el sargento. No le respondí, yo seguía sonriendo. Destruí al bastardo que mató a mi hijo con mis propias manos. Lo desfiguré. Del departamento no supe más.

Tras eso desperté. Es duro comprar un lugar para vivir. El sueño de la casa propia ya se transformó en pesadilla.


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