El destino

Muchos ideas pasaban por la cabeza de Lasani mientras sostenía el arma apuntando firmemente en la sien de un chico que nunca en su puta vida había visto. Lo que más le molestaba a Lasani era que toda su vida trató de mantenerse alejado de los problemas, típicos del barrio en el que le tocó crecer. Contradiciendo a su entorno eligió el camino difícil, al menos eso se repetía con orgullo cada vez que se desvelaba estudiando para mejorar sus notas en el colegio y poder optar a alguna beca.

De no haber sido buen alumno y si nunca se hubiese auto inculcado el sentido de la responsabilidad, a sus 17 años estaría muerto, como su padre, o preso, como su madre, o en libertad condicional como su hermano mayor, quien deambuló toda su juventud entre correccionales y detenciones.

Ser negro nunca fue fácil, sobre todo viniendo de una familia sin recursos, cuyo único sustento era la delincuencia, ya sea robando, traficando y algunas veces, matando. Ante esa realidad, Lasani decidió mantenerse alejado y la única forma de poder salir de ahí era estudiando, objetivo que estaba a pocos meses de cumplir, ya que entraría a la universidad. Al menos habían unas cuantas que se habían fijado en él y sólo debía mantener su excelente promedio para ingresar con una beca. Algo que en estos tiempos es considerado un milagro. Sobre todo para un negro marginal.

“Dispara de una vez, maricón de mierda. ¡Dispara!”. Lasani despertó de su transe y miró fijamente al joven quinceañero al que tenía encañonado con un revólver. Al lado estaba su hermano mayor, un frío asesino de 24 años, quien le alentaba a disparar. Su corazón palpitaba rápidamente, sentía que la sangre corría a gran velocidad por su cuerpo y en una fracción de segundo dejó de pensar en todo lo que le molestaba, dejó de pensar en sus sueños y todo lo que hizo por tratar de alcanzarlos. Dejó de luchar. “Ya está hecho”, se dijo, mientras apretaba el gatillo. El ruido fue ensordecedor. El chico, aquel que nunca había visto y que el destino cruzó, dejó de respirar mientras sus ojos, que lo miraban fijamente, perdían la luz que solo la vida puede dar. El destino finalmente lo alcanzó.

Lasani, con los ojos inyectados en sangre por la rabia, miró a su hermano y le gritó “toda esta mierda es tu culpa. Acabo de perder todo, hijo de puta”. Soltó el arma, se dio vuelta y se fue del lugar. Necesitaba caminar. No había matado a cualquier persona. Era el segundo al mando de una peligrosa pandilla que buscaba a su hermano por ajuste de cuenta y ahora él era un nuevo objetivo. Estaba perdido. En tres minutos pasó a ser parte de aquello por lo que arrancó toda su vida. El destino es un bastardo hijo de perra. Por más que trató de alejarse de él, lo terminó alcanzando. Ya no sería un profesional titulado de una universidad. Eso quedó en el olvido. Al final se transformó en un maldito pandillero, como todos sus amigos de infancia y como todos los chicos del miserable barrio que lo vio crecer. No pudo escapar a su destino. Nació para eso, o al menos la vida y la sociedad lo estipularon desde un principio así, nada podía hacer.

Mientras caminaba, algo mareado y ahogado por la fuerte emoción de haber quitado la vida de alguien con sus propias manos, entró a un centro comercial. Necesitaba caminar. Necesitaba despejar su mente. Cerca de su tienda favorita, una pequeña librería en la que le hacían descuentos (lo conocían porque destinaba en libros el poco dinero que tenía), había un tumulto de gente. Se detuvo a mirar. Había un hombre de unos 50 años tirado en el suelo. “¡Está muerto!”, decía la gente desesperada. Lasani siguió caminando. Desde hoy la muerte le era indiferente. El destino, desde antes de nacer, lo había sentenciado así.


Tagged as: